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1.-EL ÚLTIMO ACCIDENTE

Chiyono y su balde con agua

Lo que produce la iluminación no es una secuencia de causas. Tu búsqueda, tu intenso anhelo, tu disposición a hacer cualquier cosa, todo ello junto crea cierto aroma a tu alrededor en el que ese gran accidente se hace posible.

La monja Chiyono estudió durante años pero era incapaz de encontrar la iluminación. Una noche estaba transportando un viejo cubo lleno de agua. Mientras caminaba, observaba la luna reflejada en el agua del cubo. De repente, las tiras de bambú que sujetaban las piezas del cubo se rompieron y el cubo se deshizo. El agua se derramó y el reflejo de la luna desapareció; y Chiyono se iluminó. Escribió el siguiente verso:

De un modo y otro traté de mantener el cubo íntegro,
esperando que el débil bambú nunca se rompiera.
De repente, el fondo se cayó.
No más agua; no más reflejo de la luna en el agua–
vaciedad en mi mano.

La iluminación es siempre como un accidente porque es imprevisible, porque no puedes gestionarla, no puedes hacer que ocurra. Pero no me entendáis mal, porque cuando digo que la iluminación es como un accidente, no estoy diciendo que no hagáis nada para obtenerla. El accidente sólo ocurre a los que hacen mucho para que les ocurra, aunque nunca les ocurre por lo que hacen. Ese hacer sólo es la causa que crea la situación por la que tiende a ocurrir el accidente, eso es todo. Éste es el significado de ese magnífico suceso.

Debo deciros algo de Chiyono. Era una mujer muy hermosa. Cuando era joven, hasta el emperador y los príncipes iban tras ella. Ella se negaba porque sólo quería ser amante de lo divino. Fue de monasterio en monasterio intentando hacerse monja, pero hasta los grandes maestros se negaban–tenían a su cargo muchos monjes y ella era tan hermosa que se olvidarían de Dios y de todo lo demás. Por eso, allí donde iba, encontraba las puertas cerradas.

¿Qué hizo Chiyono? Encontró una salida, se quemó la cara y se la llenó de cicatrices. Y después fue a un maestro que ni siquiera podía reconocer si era hombre o mujer. Entonces fue aceptada como monja. Estudió y meditó durante treinta, cuarenta años sin parar.

Entonces, de repente, una noche… estaba mirando la luna reflejada en el cubo de agua. De repente el cubo se cayó, el agua se derramó y la luna desapareció; ése fue el detonante.
Siempre hay un punto crucial en el que lo viejo desaparece y lo nuevo comienza, en el que renacemos. Ése fue el punto crucial. De repente, el agua se derramó y ya no había luna. Entonces Chiyono debe haber mirado hacia arriba para ver la verdadera luna. De repente despertó al hecho de que todo es un reflejo, una ilusión, porque vemos las cosas a través de la mente. Cuando se rompió el cubo, la mente también se rompió. Estaba preparada. Todo lo que podía hacerse ya se había hecho. Ella ya había hecho todo lo posible. No quedaba nada, estaba preparada, se lo había ganado. Este accidente ordinario se convirtió en el punto crucial, el detonante.

De repente el fondo se cayó– fue un accidente. No más agua, no más luna en el agua; vaciedad en mi mano

Y esto es la iluminación: cuando tienes la vaciedad en tu mano, cuando todo está vacío, cuando no hay nadie, ni siquiera tú. Has llegado al rostro original del zen.

2.– ILUSIONES

La parábola del árbol que cumplía los deseos

El pensador crea con sus pensamientos; ésta es una de las verdades fundamentales que tienes que entender. Todo lo que experimentas es creación tuya. Primero lo creas, después lo experimentas y después te quedas atrapado en la experiencia, porque no sabes que la fuente de todo está en ti.

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En una ocasión, un hombre iba viajando y entró casualmente en el paraíso. Los indios creen que en el paraíso hay árboles que conceden todos los deseos, kalpatarus. Basta con sentarse debajo de ellos, desear algo, y el deseo se realiza inmediatamente: no hay desfase entre el deseo y su realización. Piensas, y tu pensamiento se convierte en cosas; el pensamiento se plasma automáticamente.

Los kalpatarus no son otra cosa que símbolos de la mente. La mente es creativa, los pensamientos son creativos.

El hombre estaba cansado y se quedó dormido debajo de uno de estos árboles que conceden los deseos. Cuando despertó, como estaba muy hambriento, dijo: «Ojalá que pudiera conseguir comida en algún sitio». Y de repente el alimento surgió de la nada y flotaba en el aire; era una comida deliciosa. Empezó a comer inmediatamente y cuando se sintió satisfecho, surgió en él otro pensamiento: «Si pudiera conseguir algo de bebida…» Y como en el paraíso no existe la ley seca, se materializó inmediatamente un vino delicioso

Bebiendo el vino y relajado a la sombra del árbol en la brisa fresca del paraíso, el hombre empezó a preguntarse: «¿Qué está pasando? ¿Estoy soñando o estoy rodeado de fantasmas que me gastan bromas?» ¡Y aparecieron los fantasmas! Eran feroces, horribles, daban ganas de vomitar. Se puso a temblar y se le pasó un pensamiento por la cabeza: «Ahora seguro que me van a matar. Estos fantasmas van a acabar conmigo». Y le mataron.

Ésta es una antigua parábola de enorme significado. Tu mente es el árbol que concede los deseos: antes o después, todo lo que piensas te es concedido. A veces el desfase es tan grande que te olvidas completamente de haberlo deseado; a veces el desfase es de años, a veces de vidas, de modo que no puedes conectar con el origen del deseo. Pero si observas con profundidad, descubrirás que todos tus pensamientos te crean y crean tu vida. Crean tu cielo, crean tu infierno. Crean tu desgracia, crean tu alegría. Crean lo negativo, crean lo positivo. Todo el mundo es un mago que hila y teje un mundo mágico a su alrededor y después se siente atrapado: la araña se queda atrapada en su propia tela

Una vez que se entiende esto, las cosas empiezan a cambiar. Entonces puedes jugar y puedes cambiar tu infierno por un cielo; basta con pintar desde otro punto de vista. O si estás muy enamorado de tus desgracias puedes crear todas las que quieras, a tu plena satisfacción. Pero entonces ya no puedes protestar, porque sabes que son una creación tuya, son tu pintura, no puedes responsabilizar a nadie de ella.

Toda la responsabilidad es tuya. Entonces surge una nueva posibilidad: puedes dejar de crear el mundo, puedes detener el proceso de creación. No hace falta que crees el cielo y el infierno, no hace ninguna falta. El creador puede relajarse, retirarse. Ese retiro de la mente es la meditación.

3.– ACEPTACIÓN

Aunque hayas faltado a tu voto mil veces…

El dolor, el sufrimiento y la miseria, has de tomártelos sin seriedad, porque cuanto más en serio te los tomes, más difícil te resultará salir de ellos. Cuanto menos serio seas… puedes pasar por el sufrimiento, por la noche oscura, cantando una canción. Y si uno puede pasar por la noche oscura cantando una canción y bailando, ¿para qué torturarse innecesariamente? Haz de todo este viaje desde aquí hasta aquí una hermosa cuestión de risa.

Hay una declaración preciosa de Mevlana Jalaluddin Rumi, uno de los mayores maestros sufíes que han existido. Dice: Ven, ven, seas quien seas; Vagabundo, adorador, amante del aprendizaje… No importa. La nuestra no es una caravana de desesperación. Ven, aunque hayas roto tu voto mil veces. Ven, ven, una vez más, ven.

Recuerda esta preciosa declaración: «La nuestra no es una caravana de desesperación». Yo también puedo decirlo. La nuestra no es una caravana de desesperación, es una celebración; es la celebración de la vida. La gente se vuelve religiosa porque se siente desgraciada y la persona que se vuelve religiosa por sentirse desgraciada, lo hace por razones equivocadas. Y si el principio mismo está equivocado, el final no puede ser correcto.

Vuélvete religioso por alegría, por la experiencia de la belleza que te rodea, por el inmenso regalo de vida que Dios te ha dado. Hazte religioso por gratitud, por agradecimiento. Tus templos, tus iglesias, tus mezquitas y tus gurudwaras están llenas de personas desgraciadas. Han convertido también los templos en infiernos. Están allí porque están en agonía. No conocen a Dios, no tienen interés en Dios; no les importa la verdad; no se preguntan nada. Están allí sólo para ser consolados, reconfortados. Por eso buscan a cualquiera que pueda darles creencias baratas para poner parches a sus vidas, para ocultar sus heridas, para encubrir su desgracia. Están allí para buscar alguna falsa satisfacción.

La nuestra no es una caravana de desesperación. Es un templo de alegría, de canción, de danza, de música, de creatividad, de amor y de vida. No importa, puede que hayas roto todas las reglas: las reglas de conducta, las reglas de moralidad. De hecho, cualquiera que tenga agallas acabará rompiéndolas. Estoy de acuerdo con Jalaluddin Rumi, él dice: Ven, aunque hayas roto tu voto mil veces. La gente inteligente va a romper sus votos muchas veces, porque la vida sigue cambiando, las situaciones cambian. Y el voto se toma bajo presión: quizá el miedo del infierno, la avaricia del cielo, la respetabilidad social… No surge del núcleo más íntimo

Cuando algo surge de tu ser interno, nunca se rompe. Pero tampoco es un voto, es un fenómeno simple, como respirar. Ven, ven, ¡y una vez más ven! A todo el mundo se le da la bienvenida, sin condiciones. No tienes que cumplir ningún requisito.

Ha llegado el tiempo en que se necesita una gran rebelión contra todas las religiones establecidas. La religiosidad es necesaria en el mundo, pero no las religiones —no más hindúes, no más cristianos, no más mahometanos—, tan sólo personas religiosas, personas que tengan un gran respeto por sí mismas.

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